ESTHER LECUMBERRI

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A Esther Lecumberri no le importó nacer un mes de enero cuando los sueños hibernan por los fríos ásperos. Tenía una bufandita de pura lana virgen blanca que le esperaba a juego con un gorrito que con la bolita roja rompía la uniformidad del conjunto. En aquel momento, la nueva muchachita navarra no era consciente de que las lanas serían el destino de su vida. Ni a los ocho años cuando su abuela le enseñó por primera vez a hacer punto y ganchillo. La paciencia fue su gran rival hasta que pudo transformarla con gran habilidad en sus primeros calcetines de lana, rosa y verde, y que le acompañaron dentro de las botas en las excursiones por las montañas de su tierra. Conociéndola aprendió la tradición de las agujas de las mujeres de los caseríos que abrigaban sus familias con lanas confeccionadas con sus propias manos.

Desde entonces, bajo ese gorro de lana nació la idea de transmitir la misma tradición desde su rinconcito de la vieja Pamplona. Un boceto de cualquier prenda con algunas medidas, una pequeña prueba, unos esquemas y sus compañeras las lanas y las agujas, son sus suficientes primeros pasos para la felicidad de la calma del ganchillo.

Esther, la chica de las lanas, sigue la habilidad de tejer que heredó de sus abuelas, para diseñar prendas de punto y hacerlas eternas. No hay mayor placer que poder llevar por ejemplo un jersey que ha sido hecho por las manos de alguien próximo a ti, o incluso con tus propias manos. Es lo que en lachicadelaslanas enseñan a sus alumnas cuando por ejemplo tejen un jersey de punto con cuello alto que tiene la virtud de sobrevivir a numerosas generaciones.

La chica de las lanas se inspira como un gatito entre ovillos para juguetear con ellos y transformar la aspereza de la vida en un cálido jersey de lana en el que refugiarse. Ella al igual que las mejores lanas, resulta aparentemente firme al tacto. Sin embargo es suave, y más con el tiempo, además de tener la ventaja de ser altamente cálida y ligera.

De la lana, Esther aprendió a ser igual que ella: resistente, elástica y flexible. Trabajando con la lana adquirió la propiedad de estirar las penas lo suficiente como para no romperse; de ante una adversidad poder regresar a su estado natural, a doblarse sin romperse ni quebrarse. Como la lana. Así es Esther, la chica de las lanas.

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ESTHER LECUMBERRI

A Esther Lecumberri no le importó nacer un mes de enero cuando los sueños hibernan por los fríos ásperos. Tenía una bufandita de pura lana virgen blanca que le esperaba a juego con un gorrito que con la bolita roja rompía la uniformidad del conjunto. En aquel momento, la nueva muchachita navarra no era consciente de que las lanas serían el destino de su vida. Ni a los ocho años cuando su abuela le enseñó por primera vez a hacer punto y ganchillo. La paciencia fue su gran rival hasta que pudo transformarla con gran habilidad en sus primeros calcetines de lana, rosa y verde, y que le acompañaron dentro de las botas en las excursiones por las montañas de su tierra. Conociéndola aprendió la tradición de las agujas de las mujeres de los caseríos que abrigaban sus familias con lanas confeccionadas con sus propias manos.

Desde entonces, bajo ese gorro de lana nació la idea de transmitir la misma tradición desde su rinconcito de la vieja Pamplona. Un boceto de cualquier prenda con algunas medidas, una pequeña prueba, unos esquemas y sus compañeras las lanas y las agujas, son sus suficientes primeros pasos para la felicidad de la calma del ganchillo.

Esther, la chica de las lanas, sigue la habilidad de tejer que heredó de sus abuelas, para diseñar prendas de punto y hacerlas eternas. No hay mayor placer que poder llevar por ejemplo un jersey que ha sido hecho por las manos de alguien próximo a ti, o incluso con tus propias manos. Es lo que en lachicadelaslanas enseñan a sus alumnas cuando por ejemplo tejen un jersey de punto con cuello alto que tiene la virtud de sobrevivir a numerosas generaciones.

La chica de las lanas se inspira como un gatito entre ovillos para juguetear con ellos y transformar la aspereza de la vida en un cálido jersey de lana en el que refugiarse. Ella al igual que las mejores lanas, resulta aparentemente firme al tacto. Sin embargo es suave, y más con el tiempo, además de tener la ventaja de ser altamente cálida y ligera.

De la lana, Esther aprendió a ser igual que ella: resistente, elástica y flexible. Trabajando con la lana adquirió la propiedad de estirar las penas lo suficiente como para no romperse; de ante una adversidad poder regresar a su estado natural, a doblarse sin romperse ni quebrarse. Como la lana. Así es Esther, la chica de las lanas.

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